El egiptólogo estaba a punto de conseguir el objetivo por el que había luchado toda su vida. Ese gran descubrimiento que le daría fama internacional; riqueza y felicidad para el resto de su vida, además de la gran satisfacción personal de haber sido el único artífice de dicha hazaña. Su sueño estaba muy cerca de hacerse realidad.
Entre los angostos pasillos de aquella pirámide, iluminándose con el gorro de minero que llevaba en la cabeza, iba siguiendo el papiro que había encontrado años atrás y había conseguido descifrar; y que hablaba del mayor tesoro descubierto nunca en ninguna pirámide. Conseguir llegar hasta él sería muy fácil.
Sabía, gracias al papiro, donde estaban todas las cámaras, las trampas que los egipcios habían colocado y como evitarlas… Nada podía salir mal. Lo angustioso de aquellos pasillos se contrarrestaba con la emoción del descubrimiento que a cada instante estaba más cerca. El olor a cerrado de miles de años se contrarrestaba por la emoción de saber que sus ojos eran los primeros en varios milenios que veían todo aquello. Un hervir de sensaciones alegres en el centro del egiptólogo le hacía avanzar.
Desafortunadamente, cuando estaba a punto de entrar el la última cámara, se desencadenó el terremoto más salvaje de la historia, que hizo que se desplomase la pirámide matando al egiptólogo. Sin poder llegar a la cámara que haría ver su sueño realizado.