Juan había vivido siempre en el pueblecito palenciano de Campobueno donde sus padres, sus abuelos y toda su familia habían vivido por siempre. Sin embargo, era un apasionado de los idiomas, por lo que con gran frecuencia se movía a Palencia para aprender a hablar en inglés, en alemán, en ruso, en griego… Y también aprendió varios idiomas artificiales como el Esperanto o el Interlingua. Él siempre había trabajado en una empresa de galletas de su pueblo, hasta que a principios de 2007 un enorme escándalo relacionado con la especulación inmobiliaria hizo que las 3 fabricas de galletas de la villa se hundiesen, y con ello cientos de puestos de trabajo, entre ellos el de Juan. Pero dada su basta capacidad idiomática, no creía que le fuese a ser muy complicado encontrar trabajo, aunque tuviese que atravesar las fronteras españolas.
Y finalmente consiguió el trabajo que buscaba. Un antiguo amigo suyo le consiguió trabajo en la ciudad de Barnaul, un lugar perdido en Siberia que había superado de lejos el millón de habitantes gracias a la llegada del tren, y mucho más aún tras la ampliación de diciembre del 2006 que le había dado a aquella ciudad una gran importancia, y esto había generado una gran demanda de personas para cubrir un sector servicios cada vez más escaso.
El trabajo de Juan sería sencillo, y muy bien remunerado. Trabajaría en la estación de tren en la sección de información, atendiendo al cada vez más creciente numero de pasajeros internacionales que paseaban por aquella estación.
Y allí se fue, a Siberia. Necesitaba huir de aquella región en la siempre se había sentido aprisionado. Sus padres habían muerto 3 años atrás y aunque en aquel pueblo estaban sus raíces, ya no le quedaba nadie allí.
* * *
Eran las 9 de la mañana. El calendario marcaba el día 1 de agosto del año 2008, en la ciudad rusa de Barnaul. Aquella mañana Juan estaba de mal humor, a pesar de que era su día libre. Juan en realidad siempre estaba de mal humor desde que se había trasladado de la vida del pueblo a la de una gran ciudad, que por muy siberiana que fuese, seguía siendo una ciudad enorme. Aunque lo que no sabía es que en menos de dos horas su vida cambiaría por completo para siempre.
Juan caminaba por la calle con los auriculares puestos escuchando música de su I-Pod micronano. El sol, que prácticamente no había desaparecido en toda la noche, no era suficiente para calentar aquella fría, aquella gélida ciudad. Como por extraña rutina, aunque 3 horas más tarde de lo habitual, se dirigió a la estación, donde estaba la único cafetería que conocía en toda la ciudad, y como bromeaba con un amigo español que trabajaba en la misma, la única de toda Siberia.
Observó por el camino que algunas personas miraban al Sol con diversos filtros, y recordó algo de que ese día habría un eclipse, pero no le importaba demasiado la astronomía. Era algo de lo que pasaba por completo, su vida ya tenía suficiente ajetreo como para pararse a mirar el cielo.
Tomó rápidamente el café en la cafetería de la estación, y salió a la calle para ir a comprar, ya que todavía no tenía nada para comer. El reloj marcaba en aquel momento las 10.30. Entró en la tienda y enseguida se compró comida precocinada para alimentarse a base de mal durante 2 semanas más. Tras pagar salió, eran las once menos veinte y notaba un frío aún superior al habitual que atravesaba su abrigo, y el cielo ya había oscurecido más de lo que lo había hecho en toda la noche. Caminó hacía su casa, que quedaba a 10 minutos de allí, dejando el Sol a su espalda. Entonces, de pronto, el día se hizo de noche, la oscuridad se apoderó de todo. Las luces de la ciudad no se encendieron. Juan giró la cabeza, a donde se suponía que debía estar el Sol, y entonces vio el eclipse. El resplandor observable a simple vista le fascinó, momento que un ladrón aprovechó para robarle las bolsas del supermercado. Bueno, y para pegarle 3 tiros, aunque esto fue un extra sin motivo aparente que le dio muerte a Juan y el fin a nuestra historia.
FIN.