Era de día y hacía Sol. Bueno, vale, miento. Era de noche y llovía, llovía mucho, pero tenía que hacer creer que la ambientación inicial de esta historia era diferente. Hacía años y años que no se veía llover así en la ciudad. Además hacía un frio terrible, pero aún así llovía. Además, una sobrecarga había dejado en la penumbra a la mitad del continente, de modo que la única iluminación era la de los faros de los coches que pasaban por la zona a esas horas de la noche. Una noche cerrada y oscura.
Bajo este clima, con una gabardina más negra que la noche, un hombre que iba por la calle se dirigia hacia su coche, aparcado a un par de manzanas del lugar. Se sabía las calles de memoria, de modo que no necesitaba ver, hecho que por otro lado apenas podía hacerse. Entonces, en un cruce, un coche negro se lo llevó por delante y lo mató, al no verle.
La moraleja de esta historia es: Cuando un coche negro te atropelle bajo la oscuridad de la noche, no te mueras.