25/10/07 Aventuras al otro lado de la península - Día 1
Antes de comenzar ya advierto: La historia que se narra a continuación, aún estando basada en hechos reales, está excesivamente adornada para darle un aire más literario. Muchas partes son ciertas tal cual y no han sido ni un pelo exageradas, pero otras partes han sido quizá tan adornadas que superan con creces la línea de lo que puede ser considerado “licencia literaria”. Asi mismo, los nombres de los sujetos implicados en esta historia han sido ocultados para preservar la privacidad… Bueno, allá vamos.
La historia estará dividida en 3 capítulos, uno por día (aunque el primer día es muy cortito que ya empieza a las 21, pero bueno…) que serán los siguientes:
Día 1. El primer viaje en avión
Día 2. Aventuras y desventuras por las comisarias y los cuartelillos
Noche entre el 2 y el 3: ¡¡¡Terremoto!!! (Incluida en Día 2)
Día 3. Los cercanías catalanes, el viaje de vuelta y la maleta explosiva
Y empezamos por el principio:
Día 1: El primer viaje en avión.
Eran las 21.00 del viernes 19 de octubre del año 2007. Yo me encontraba en el aeropuerto de Vigo, dispuesto para coger un avión con rumbo al otro extremo de la península ibérica, concretamente al aeropuerto de Barcelona. Sobre la pista, revoloteaban unos cuervos negros, signos de un mal augurio. De que algo iba a pasar…
Con mi DNI me dirigí hacia una zona con cintas y gente en la que me facilitaron mi billete de embarque. No parecía que nada malo fuera a pasar, todavía. Salvo que ahora, además de los cuervos, se oía el ruido de los buitres afilando sus picos, dispuestos para un próximo ataque. ¿En los aeropuerto no hay pájaros? Pues vale. Pero por algo advertí antes que me tomaría licencias literarias tan grandes que casi no podrían ser consideradas como tales.
Antes de dirigirse a la zona de embarque, me permiti maravillarse con una máquina expendedora de refrescos que cogía las bebidas con un brazo mecánico, las depositaba en un lateral, y de ahí se cogía la bebida. Todo un alarde de tecnología en el aeropuerto. Y tras injerir una lata de la cancerígena bebida llamada Nestea, me dirigí nervioso hacia lo que sería mi primer vuelo en avión en mis dos décadas de vida a ras de suelo. Unas bandejas de plástico y unos hermosos videos explicativos explicaban (como su propio nombre indica) que había que dejar todos los objetos personales en unas bandejitas plásticas, y pasar por el arco detector de metales. Y ello hice, y entonces comenzó a sonar una alarma. Cientos de miles de millones de agentes comenzaron a bajar haciendo rappel desde el techo del aeropuerto, apuntándome con sus rifles cargados. Y entonces me pasaron un detector de mano, que empezó a pitar a la altura de mi pecho. Entonces pensé en mi marcapasos, que no tendría que haber pasado por el arco, que iba a morirme… Entonces recordé que yo no tengo marcapasos y que llevaba las llaves de casa colgando del cuello por dentro de la sudadera. Tras quitarme las llaves del cuello, cogí mis cosas de la bandeja y fui a la zona de embarque, desde dónde pude ver al que sería mi avión, que estaba vagando por la pista en busca de alimento.
Tras unos minutos abrieron la puerta de embarque, bajamos unas escaleras, y nos dirigimos andando al avión que había aparcado a escasos metros. Subimos las escaleras del mismo y cada persona tomó su asiento. Tras unas indicaciones de seguridad con azafatas gesticulandose y partiéndose de tener que gesticular a medida que por megafonía sonaban una serie de cosas, el avión comenzó a moverse a una velocidad lenta. A una velocidad tremendamente lenta. Y finalmente, se detuvo. Pero sólo un ratito muy corto, antes de pegar un gran acelerón… Y a medida que pegaba ese gran acelerón, se podía escuchar como las 15 filas de asientos que había delante mía crujian… El plástico cedía… Yo me clavaba a mi asiento y todas aquellas personas también… Se mascaba la tragedia, todo el mundo muriendo aplastado por los asientos de mala calidad de una compañía de bajo coste… Pero al final, los asientos aguantaron y cumplieron su labor.
Y el avión comenzó a subir, a ascender lentamente, y a través de la ventana se podía ver la noche viguesa, la noche canguesa, y varias noches nocturnas. Y a media que se iba ganando altura, las diversas ciudades pasaban a pareces neuronas de luz, puntos de luz muy concentrados del que salían unas diversas ramificaciones. Y entonces se apagaron los pilotos de ponerse los cinturones, y las azafatas nos invitaron a escoger el puñal con el que queriamos ser apuñalados de una carta de diversos puñales. Allí, a 10700 metros de altitud, yo escogí como puñal un bocadillo de jamón serrano y una lata de Nestea por 8 eurazos. Aunque esta no sería mi mayor inversión económica del día…
Tras un rato, un rato que pasó (momento chiste malo) volando (fin momento chiste malo) nos avisaron que volviesemos a apagar los aparatos electrónicos ya que estabamos llegando al aeropuerto de Barcelona. Y así, en muy poco tiempo, mi vuelo terminó con un suave aterrizaje sobre el aeropuerto del Prat de Llobregat. Una voz por megafonía, en perfecto castellano primero y en perfecto inglés después, al igual que durante el resto del viaje, nos pidió que comprobasemos que llevabamos encima nuestras mierdas personales, como carteras, sudaderas, carteras, mochilas, carteras, riñoneras, carteras… y todo ese tipo de objetos personales que, al igual que las carteras, no interesa que queden atrás.
Y yo lo comprobé todo tal cual. Y tras bajar del avión, nos metieron a todos en 3 autobuses (del mismo estilo que los autobuses urbanos) dónde multitud de gente apretujada metiendose mano era el pan de cada momento. Y finalmente el bus llegó a la terminal, dónde multitud de gente espachurrada y espachurrante seguía congregandose. Y allí ví a Señor A, a Señor B y a Señora C. Estos 3 sujetos habían ido a buscarme hasta el aeropuerto, y tras salir del espachurre de gente, nos dividimos en dos grupos. Yo y el señor A iríamos en un coche patatero y ruinoso que necesitaba ser recargado con una manivela, y que al carecer de focos delanteros había que atar una linterna al lateral de cada puerta. Además, hacía ruido de carraca y el volante temblaba de dolor y sufrimiento al superar las 40 km/h. Señor B y Señora C irían en una furgoneta aparte, lejos del pataterismo y la ruina del coche de Xilxeir… de Señor A.
Y tras un rato de viaje, llegamos a un apartamento pequeñajo en algún lugar de Cataluña. Pasó el tiempo, y todos fuimos a dormir en paz y en relativo silencio, se podía dormir con tranquilidad y felicidad. Sin saber que la documentación del que estas lineas escribe, junto con otros 32 euros, descansaban en otro lugar muy lejano.
Pero eso es parte del siguiente capítulo de esta historia… Mañana, a esta misma hora, en este mismo lugar.
La historia estará dividida en 3 capítulos, uno por día (aunque el primer día es muy cortito que ya empieza a las 21, pero bueno…) que serán los siguientes:
Día 1. El primer viaje en avión
Día 2. Aventuras y desventuras por las comisarias y los cuartelillos
Noche entre el 2 y el 3: ¡¡¡Terremoto!!! (Incluida en Día 2)
Día 3. Los cercanías catalanes, el viaje de vuelta y la maleta explosiva
Y empezamos por el principio:
Día 1: El primer viaje en avión.
Eran las 21.00 del viernes 19 de octubre del año 2007. Yo me encontraba en el aeropuerto de Vigo, dispuesto para coger un avión con rumbo al otro extremo de la península ibérica, concretamente al aeropuerto de Barcelona. Sobre la pista, revoloteaban unos cuervos negros, signos de un mal augurio. De que algo iba a pasar…
Con mi DNI me dirigí hacia una zona con cintas y gente en la que me facilitaron mi billete de embarque. No parecía que nada malo fuera a pasar, todavía. Salvo que ahora, además de los cuervos, se oía el ruido de los buitres afilando sus picos, dispuestos para un próximo ataque. ¿En los aeropuerto no hay pájaros? Pues vale. Pero por algo advertí antes que me tomaría licencias literarias tan grandes que casi no podrían ser consideradas como tales.
Antes de dirigirse a la zona de embarque, me permiti maravillarse con una máquina expendedora de refrescos que cogía las bebidas con un brazo mecánico, las depositaba en un lateral, y de ahí se cogía la bebida. Todo un alarde de tecnología en el aeropuerto. Y tras injerir una lata de la cancerígena bebida llamada Nestea, me dirigí nervioso hacia lo que sería mi primer vuelo en avión en mis dos décadas de vida a ras de suelo. Unas bandejas de plástico y unos hermosos videos explicativos explicaban (como su propio nombre indica) que había que dejar todos los objetos personales en unas bandejitas plásticas, y pasar por el arco detector de metales. Y ello hice, y entonces comenzó a sonar una alarma. Cientos de miles de millones de agentes comenzaron a bajar haciendo rappel desde el techo del aeropuerto, apuntándome con sus rifles cargados. Y entonces me pasaron un detector de mano, que empezó a pitar a la altura de mi pecho. Entonces pensé en mi marcapasos, que no tendría que haber pasado por el arco, que iba a morirme… Entonces recordé que yo no tengo marcapasos y que llevaba las llaves de casa colgando del cuello por dentro de la sudadera. Tras quitarme las llaves del cuello, cogí mis cosas de la bandeja y fui a la zona de embarque, desde dónde pude ver al que sería mi avión, que estaba vagando por la pista en busca de alimento.
Tras unos minutos abrieron la puerta de embarque, bajamos unas escaleras, y nos dirigimos andando al avión que había aparcado a escasos metros. Subimos las escaleras del mismo y cada persona tomó su asiento. Tras unas indicaciones de seguridad con azafatas gesticulandose y partiéndose de tener que gesticular a medida que por megafonía sonaban una serie de cosas, el avión comenzó a moverse a una velocidad lenta. A una velocidad tremendamente lenta. Y finalmente, se detuvo. Pero sólo un ratito muy corto, antes de pegar un gran acelerón… Y a medida que pegaba ese gran acelerón, se podía escuchar como las 15 filas de asientos que había delante mía crujian… El plástico cedía… Yo me clavaba a mi asiento y todas aquellas personas también… Se mascaba la tragedia, todo el mundo muriendo aplastado por los asientos de mala calidad de una compañía de bajo coste… Pero al final, los asientos aguantaron y cumplieron su labor.
Y el avión comenzó a subir, a ascender lentamente, y a través de la ventana se podía ver la noche viguesa, la noche canguesa, y varias noches nocturnas. Y a media que se iba ganando altura, las diversas ciudades pasaban a pareces neuronas de luz, puntos de luz muy concentrados del que salían unas diversas ramificaciones. Y entonces se apagaron los pilotos de ponerse los cinturones, y las azafatas nos invitaron a escoger el puñal con el que queriamos ser apuñalados de una carta de diversos puñales. Allí, a 10700 metros de altitud, yo escogí como puñal un bocadillo de jamón serrano y una lata de Nestea por 8 eurazos. Aunque esta no sería mi mayor inversión económica del día…
Tras un rato, un rato que pasó (momento chiste malo) volando (fin momento chiste malo) nos avisaron que volviesemos a apagar los aparatos electrónicos ya que estabamos llegando al aeropuerto de Barcelona. Y así, en muy poco tiempo, mi vuelo terminó con un suave aterrizaje sobre el aeropuerto del Prat de Llobregat. Una voz por megafonía, en perfecto castellano primero y en perfecto inglés después, al igual que durante el resto del viaje, nos pidió que comprobasemos que llevabamos encima nuestras mierdas personales, como carteras, sudaderas, carteras, mochilas, carteras, riñoneras, carteras… y todo ese tipo de objetos personales que, al igual que las carteras, no interesa que queden atrás.
Y yo lo comprobé todo tal cual. Y tras bajar del avión, nos metieron a todos en 3 autobuses (del mismo estilo que los autobuses urbanos) dónde multitud de gente apretujada metiendose mano era el pan de cada momento. Y finalmente el bus llegó a la terminal, dónde multitud de gente espachurrada y espachurrante seguía congregandose. Y allí ví a Señor A, a Señor B y a Señora C. Estos 3 sujetos habían ido a buscarme hasta el aeropuerto, y tras salir del espachurre de gente, nos dividimos en dos grupos. Yo y el señor A iríamos en un coche patatero y ruinoso que necesitaba ser recargado con una manivela, y que al carecer de focos delanteros había que atar una linterna al lateral de cada puerta. Además, hacía ruido de carraca y el volante temblaba de dolor y sufrimiento al superar las 40 km/h. Señor B y Señora C irían en una furgoneta aparte, lejos del pataterismo y la ruina del coche de Xilxeir… de Señor A.
Y tras un rato de viaje, llegamos a un apartamento pequeñajo en algún lugar de Cataluña. Pasó el tiempo, y todos fuimos a dormir en paz y en relativo silencio, se podía dormir con tranquilidad y felicidad. Sin saber que la documentación del que estas lineas escribe, junto con otros 32 euros, descansaban en otro lugar muy lejano.
Pero eso es parte del siguiente capítulo de esta historia… Mañana, a esta misma hora, en este mismo lugar.
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